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Turismo por las murallas de Ávila
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Turismo por las murallas de Ávila

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Murallas de Ávila

 

Ávila es una de las ciudades patrimonio eterna, la imbatible. No es cierto que Ávila esté encerrada tras una muralla. lo cierto es que la propia muralla de Ávila es la que ha abierto las puertas.

Las murallas son el último y único recinto militar cristiano que ha permanecido igual en su construcción original en todo el continente europeo. Sus números resultan asombrosos: tiene un perímetro de 2,5 kilómetros, unas 2.500 almenas, 88 torres, 9 puertas y una altura máxima de  algo más de 15 metros. Se levanta sobre las huellas de un antiguo campamento romano. Las murallas comenzaron a construirse a finales del siglo XI con propósitos defensivos, pero sus posteriores añadidos, restauraciones y cambios llegan hasta el siglo XVI. La fortificación sigue, como un dedo insinuante y sinuoso, la piel de la tierra, adaptándose a la topografía.

La historia tras las murallas de Ávila

Se alza cuando el terreno se encabrita sobre las rocas y desciende cuando las laderas se deslizan hacia los ríos. En el siglo XVII, los nobles abandonan la ciudad, y la muralla de Ávila también fue dejada de lado. Tanto que se barajó su derrumbe. Afortunadamente, no había suficiente presupuesto para tamaña obra: así quedó, entre hiedras y huecos, hasta que 200 años más tarde comenzaron a restaurar todo el perímetro de Ávila. Hoy, los frisos, las cenefas, las rocas son arrugas, huellas que muestran la vida y la obra del abrazo pétreo a una ciudad. Del total, actualmente es posible recorrer un kilómetro y cien metros, dividido en dos tramos. Pero es un kilómetro y pico que puede parecer un metro si a cada paso se vigila el horizonte infinito desde el adarve, al cual se accede desde la Casa de las Carnicerías , el Arco del Carmen o la Puerta del Alcázar, y que constituye en su parte septentrional una ventana al valle del Amblés.

Desde esta puerta, una de las nueve que abren el cerco defensivo, los pasos van solos hacia el Paseo del Rastro, que termina en el antiguo matadero y el río Adaja. El camino es un mapa de la importancia de las murallas, pues se puede ver cómo ésta actúa de soporte a galerías, ventanas, balcones y torres de otras construcciones, como el Palacio Episcopal.

Un paseo turístico por Ávila

Al llegar a la plaza del Rastro, los ojos se abren a construcciones planificadas para la defensa, como el Palacio de los Dávila. ¿Por qué también era necesario defenderse dentro de los muros de la ciudad? Muy simple: las luchas nobiliarias siempre estuvieron “en auge”, por así decirlo, y la protección de la propiedad era una de las principales metas de los nobles. Igual de defensivo es el espíritu del otro icono de Ávila: su catedral.

La prueba más clara está en su cabecera, de estilo románico, apoyada sin temores en las murallas, lo que hace que nos encontremos en uno de los sectores más fuertes de todo el cerco militar. Desde 1160 y durante varios siglos, la catedral de Ávila fue vistiéndose de épocas y corrientes. Así, por ejemplo, el Sepulcro de Alonso de Madrigal es un ejemplo fundamental del arte renacentista en nuestro país. Sus naves, su claustro y su museo son atracciones recoletas que hacen del tiempo una pausa.

Pero el “tapeo arquitectónico” por Ávila continúa sin pausa. Apenas digerido el impacto de la catedral, los ojos se beben, a través de la plaza, dos notables ejemplos de la arquitectura civil abulense del siglo XVI –los palacios de los Velada y Valderrábanos– y el Episcopio, antigua sala de Sínodos, junto al que se levantaba el Palacio del Rey Niño. Las crónicas del siglo XII relatan que en él estuvo instalado el futuro rey Alfonso XI casi desde su nacimiento. Alfonso I, el Batallador, llegó hasta aquí para reclamarlo y asegurar su trono, pero el pueblo de Ávila se negó a entregarle, gesto que el futuro monarca agradecería nombrando a la ciudad Ávila del Rey.

Emblemas de Ávila

Otro emblema local es el Museo de Ávila. Está ubicado en un palacio del siglo XVI, propiedad de Cristóbal y Juan Vázquez de Medina, y a ellos debe su otro nombre: Casa de los Deanes, pues en aquellos tiempos ambos personajes ocupaban este cargo en la catedral. El Museo recorre, a través de la arqueología, el arte popular y las bellas artes, el pasado de la ciudad.

Pero la variada dieta arquitectónica sigue produciendo platos que combinan ingredientes inesperados. En el templo de San Martín nos sorprenden los ladrillos de estilo mudéjar de su torre, mientras que en el vecino edificio de Santa María de la Cabeza se puede paladear tanto el mudéjar de sus naves como el románico de su cabecera. Otro bocado de lujo es la basílica de San Vicente, que si bien es el plato principal del románico en Ávila, lleva una pizca de gótico, en los cerramientos de la nave mayor. Además, hay notas de los talleres de Borgoña, visibles en las esculturas de las jambas de la puerta (donde se representan los apóstoles y Cristo en majestad) o del tímpano geminado (con una escena de Lázaro y el rico Epulón). Tampoco hay que pasar por alto el Cenotafio de los Santos Mártires Vicente Sabina y Cristeta, cuya vibrante policromía será desvelada al público tras su restauración, a partir de noviembre.

El menú por Ávila incluye también el sorprendente monasterio de Santo Tomás, de los padres dominicos, levantado en 1483 gracias al impulso del tesorero de los Reyes Católicos. Gótico en todos sus elementos, sus tres claustros, el del Noviciado, el del Silencio y el de los Reyes, que mandaron levantar los monarcas católicos Isabel y Fernando, son el acompañamiento perfecto. En el último funciona un Museo de Arte Oriental, al que en breve se añadirá otro de Ciencias Naturales.

Santa Teresa de Ávila

Pero si las murallas son el emblema de la ciudad y la catedral, su espíritu, el alma abulense se encuentra en la figura de Santa Teresa. Teresa de Cepeda y Ahumada nació en 1515 y murió en 1582. Doctora de la Iglesia, escritora, mística y reformadora de la orden del Carmelo, abrió 17 conventos; su vida fue sacrificada desde el primer día. En su infancia soñaba con viajar hacia la tierra de los infieles y ser descapitada allí. De su pasado de Ávila quedan las calles del casco antiguo, testigos de sus musas y su mística, y el convento y la iglesia de La Santa, erigidos directamente en el solar que ocupó la casa natal de Santa Teresa; pero ahora, y para estar en consonancia con el surtido de estilos abulenses, muestra inclinaciones claramente barrocas. La cripta del templo alberga hoy un museo teresiano que recorre la vida y obra de la santa.

En el presente, Ávila es pura vida y la gente sigue luchando por entrar en sus murallas. La ciudad registra el mayor número de inmigrantes de toda España; de hecho, en un solo año –entre 2005 y 2006– ha aumentado en un 34 por ciento, alcanzando los 7.708. Lo interesante es que Ávila también encabeza la lista por la juventud de sus habitantes (20 años de promedio, cinco por debajo de la media nacional) y excede el promedio en cuanto a la presencia femenina de inmigrantes. Tanta sangre joven y nueva ha tenido sus efectos en una ciudad que proclama abrir sus puertas para que se conozcan sus secretos.

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