
Zanzíbar se presenta a menudo ante nuestra imaginación como una isla mágica bañada por el Índico, aunque en realidad se trata de “un pequeño archipiélago mágico”, perteneciente al estado de Tanzania –se encuentra ubicado a sólo cuarenta kilómetros de la costa oeste de África– y compuesto por las islas de Unguja –la mayor, que suele quedarse el apelativo en cuestión como propio–, Pemba, Mafia y otras islas menores.
El nombre de Zanzíbar proviene según algunos estudiosos de la construcción persa Zangi-bar, que significa “Costa de los negros”.
A lo largo de la historia exploradores, sultanes, traficantes de esclavos y mercaderes eligieron Zanzíbar como centro estratégico de sus operaciones, llevados por los monzones a lo largo de las rutas y atraídos por riquezas, mapas de tesoros, conquistas religiosas y la esperanza de realizar nuevos descubrimientos. Así, el prolífero pasado de Zanzíbar creó una confluencia de credos y culturas que otorgó a su población un destilado de nacionalidades de viajeros, peregrinos, pescadores, exploradores y comerciantes.
De esta cohabitación nació la cultura de la tolerancia, influenciada por la adaptación de diversas religiones, por una variada colección de etnias y por el espíritu de Ubimadamu, ese concepto indefinible de “humanidad” que continúa siendo el mejor regalo que la gente suahili ofrece a sus huéspedes. Esa sociedad progresista con un borroso concepto de tribu y nacionalidad proporcionó la base sobre la que se construyó el pacífico modo de vida característico de Zanzíbar.
Importante centro comercial, cultural y turístico, la isla de Ungujaconserva intacto el legado de las docenas de civilizaciones que dejaron huella en ese terruño con aires de delirio tropical. Desde estas costas se realizó un intenso tráfico de esclavos hacia los países árabes. Aquí llegaron sumerios, asirios, hindúes, egipcios, fenicios, árabes del sur, chinos y malayos, además de los conquistadores europeos que eligieron esta hermosa isla como punto de parada imprescindible en sus viajes.Pez cofre de color amarillo.
Burton, Speke, Krapf, Rebana y Livingstone –cuya casa se halla en Stone Town– pisaron esta isla que es también cuna del suahili, la lengua bantú forjada de dialectos con que se crearon leyendas, se abrieron rutas comerciales y prosperó el imperio de los sultanes. La isla fue conquistada por emigrantes persas de Shiraz.
Más tarde estuvo entre las posesiones del sultán de Omán tras un periodo de dominación portuguesa a principios del siglo XVI. Después Gran Bretaña tomó posesión de la isla y Zanzíbar se convirtió en un protectorado británico hasta 1963, cuando logró su independencia. Poco tiempo después se unía al estado continental de Tanganica para formar la actual Tanzania, el 26 de abril del 1964.

Puerto de Stone Town en Zanzíbar
Visitar Stone Town (la Ciudad de Piedra) es revivir el pasado admirando la asombrosa fusión de estilos arquitectónicos de sus edificios, algo que se aprecia al instante en la Casa de las Maravillas –antiguo palacio del Sultán Bargash y sede actual del Museo Nacional de Historia y Cultura de Zanzíbar–, en las mezquitas, en la catedral anglicana y en los diversos museos que evocan el tiempo de los primeros sultanes.
La Ciudad de Piedra fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2000. En sus callejones laberínticos –fieles guardianes de secretos, intrigas, conspiraciones, odios y amores– es fácil perderse incluso yendo pertrechados con un buen mapa, de modo que pocos deciden adentrarse en ellos sin la inestimable compañía de un guía local. Este es hoy uno de los mejores placeres para el viajero, sumergirse en estas calles estrechas rebosantes de vida, donde una intensa actividad comercial se respira en cada esquina… todo el mundo habla, compra, vende y regatea, entre preciosas tallas de madera, pinturas chillonas de artistas locales y ropa de los más variados diseños, tanto locales como importados de lejanas tierras. En los locales donde se fuma y se bebe té las radios escupen el taarab suahili con sus estridentes lamentos pletóricos de aventura, cuyo ritmo y melodías se sofisticaron entre Zanzíbar y el Mar Arábigo hasta convertirse en el sonido por excelencia de la narrativa musical propia de la isla.
Aquí se pueden apreciar también otros detalles autóctonos como las curiosas puertas de madera bellamente talladas –influencia de la dominación omaní–, los balcones esculpidos que decoran casas revestidas con piedras y coral, o los patios donde el frescor de la tarde te hace olvidar el calor de las horas centrales del día.
Algunos de estos patios albergan restaurantes que sirven una variada selección de platos tanto internacionales como típicos de Zanzíbar, y donde es frecuente comer con las manos al estilo indígena –influencia de las culturas árabe e hindú–, un placer que merece la pena probar en alguna ocasión.
Junto a la Casa de las Maravillas –en el paseo marítimo– se encuentra la Fortaleza, un viejo fuerte –construido encuentra otro de los edificios emblemáticos de la ciudad, el antiguo dispensario de Na Sur Nurmohamed, original de principios del siglo XIX. Restaurado por la Fundación del Aga Khan, hoy alberga también numerosas librerías y tiendas de artesanía.
La Catedral Anglicana se edificó encima de una pequeña colonia en los años setenta del siglo XIX, y en ella se ubicó el más lamentable y lúgubre de los mercados hasta la abolición de la esclavitud –a los esclavos revoltosos se les castigaba con latigazos en el mismo altar–. En la actualidad se pueden visitar las celdas de los sótanos del adyacente albergue de Ste. Monica, donde quedan restos de las argollas y cadenas en unas pequeñas cámaras donde los esclavos apenas podían mantenerse de pie y donde muchos morían –de enfermedades o inanición– a la espera de que “sus amos” los vendiesen.
Es una visita impresionante que nos hace ver hasta dónde pueden llegar los instintos más bajos de la raza humana. Pasando a cosas más alegres, la Mezquita del Minarete está enclavada en el centro de Stone Twon, y es el bello templo de la comunidad ismaelita de Zanzíbar, seguidores del Aga Khan.Lugar perfecto para los amantes del buceo.
El interior de la isla de Ungujaes un edén que ofrece las más exquisitas especias tropicales debido a la abundante variedad botánica de que llegó a las islas con los monzones, en 1700– que alberga la oficina de turismo, varias cafeterías y tiendas de artesanía donde los pintores locales exponen sus obras. Algunas noches se organizan aquí espectáculos de música y danzas típicas, buenas oportunidades de admirar otro aspecto de la cultura isleña. No muy lejos se creando una mezcla de especias africanas, indias y malgaches en un ecosistema que no se encuentra en ningún lugar del planeta. El dinamismo vegetal del parque Nacional de Jozani, el endémico bosque tropical de Ngezi y los manglares de las zonas costeras son la prueba concluyente de este hecho.

Parque nacional de Jozani en Zanzibar
Es aquí, en el interior de la isla por donde discurre la llamada Ruta de las Especias, un largo paseo por la foresta durante el cual el viajero puede percibir de cerca y en vivo todos los aromas de la multitud de especias que se encuentran durante la caminata, como el clavo –del que se suelen ver en los arcenes de la carretera grandes tapices extendidos para que se sequen al sol–, la vainilla, la pimienta, la canela, el cardamomo o la nuez moscada.
Arenas blancas, un mar de jade y palmeras doradas por el eterno sol tropical convierten las costas de Zanzíbar en un paraíso perdido y, como corresponde a un archipiélago nutrido y fundado por este espléndido entorno marítimo, los frutos del océano Índico continúan encantando y alimentando los sueños de los aventureros de hoy en día se acercan hasta ,aquí. La costa satisface con creces los gustos y necesidades de aquellos que buscan sol y playa, en un lugar donde los adoradores del Astro Rey tienen siete horas de sol tropical casi a diario y los amantes del mar pueden disfrutar de temperaturas medias del agua de en torno a los 27 ºC.
Si nos gusta pasear por la orilla nada como refrescarse en las charcas dejadas por la marea, y si preferimos algo más tranquilo sólo tenemos que buscar la sombra de una palmera para disfrutar de la brisa y esperar las maravillosas postales que proporcionan aquí los atardeceres. El Índico ofrece también en estas latitudes condiciones ideales para navegación y los deportes acuáticos en general, si bien tenemos que hacer una mención especial a las excelentes opciones que ofrecen estas aguas para los amantes del buceo. Algunos pecios históricos y las abundantes lagunas tropicales que adornan la isla son lugares prefectos para admirar impresionantes formaciones de coral y una multitud de coloridos peces. Y si tenemos suerte, podremos tener durante nuestras jornadas de buceo o esnórquel la placentera compañía de tortugas marinas, delfines y –dependiendo de la estación– ballenas que siguen las corrientes del monzón.
Los entusiastas de la pesca deportiva de altura pueden seguir los pasos de Hemingway en la modalidad catch and release (captura y suelta), utilizando equipos de estándar internacional para conseguir picudos y atunes de competición, mientras que los pescadores en busca de lo exótico pueden probar fortuna con los lugareños en típicas embarcaciones como los dhows o los jahazis –embarcaciones tradicionales de vela latina que se deslizan propulsadas por el viento–.
Zanzíbar tiene todo esto y mucho más para ofrecer al viajero. Parques marinos, Parques Nacionales, reservas forestales y proyectos pioneros de conservación comunitaria de los recursos naturales.
Un bagaje cultural e histórico asombroso, una gente maravillosa, playas bellísimas y solitarias y ese toque mágico indescriptible que posee todo destino africano.