
A apenas 60 kilómetros de la costa venezolana, la mayor de las antiguas Antillas Holandesas ofrece una curiosa mezcla entre el pragmatismo holandés y el alma caribeña: playas de ensueño, un conjunto histórico Patrimonio de la Humanidad, ambiente multicultural y una perfecta infraestructura para un turismo selecto.
Riadas de turistas llegan a diario a Curazao a bordo de impresionantes cruceros para descubrir una isla realmente hermosa
Desembarcan en la ciudad de Willemstad, su capital, y apenas ponen pie en tierra descubren cómo la impronta holandesa permanece viva con una inconfundible y cuidada arquitectura de estilo barroco que da carácter a toda la urbe. No resulta extraño que el centro histórico de Willemstad fuese declarado Patrimonio de la Humanidad en 1997, gracias a un conjunto arquitectónico típico holandés que supo adaptarse de forma armoniosa al clima seco y ventoso del lugar agregando toques caribeños con terrazas, porches calados y fachadas de vivos colores.
Los cruceros entran por la bahía de Santa Anna que divide Willemstad en dos. A un lado Punda, que es el área urbana más antigua y la parte más comercial de la ciudad. Al otro Otrobanda, un laberinto de callejuelas que son el vivo reflejo del carácter multicultural de la isla. Ambas zonas están unidas por majestuosos puentes bautizados con nombres de reinas holandesas. El puente peatonal flotante Queen Emma es una excelente obra de ingeniería construida casi toda en madera. Cada vez que entra o sale un barco –cosa bastante frecuente–, el Queen Emma se abre y se cierra haciéndose a un lado. Y cuando esto sucede, no queda otro remedio que cruzar la bahía en un rústico y popular trasbordador gratuito.
Mucho más moderno, el otro gran puente de la ciudad es el Reina Juliana. Con sus 61 metros de altura está considerado uno de los puentes más altos del mundo. Es de uso exclusivo para vehículos y está prohibido cruzarlo a pie. Sin embargo, desde allí se advierte una soberbia panorámica de Curazao. Bastante más pequeño, el tercero de los puentes es el Reina Wilhelmina, que conecta el área comercial de Punda con Scharloo, un viejo barrio residencial de mansiones neoclásicas de estilo italiano pintadas de vivos colores, donde se asentaron los primeros mercaderes judíos durante el siglo XIX. Con todo, la imagen postal más típica de Willemstad es la que se obtiene desde Otrobanda mirando hacia Punda.
Son las casas del Handelskade, una hilera de edificaciones del siglo XVIII dispuestas frente a la bahía y típicamente holandesas. Todas ellas están pintadas de colores suaves con tonalidades amarillas, rosadas, azules y verdes. A un lado de ese mismo malecón se instala a diario un mercado flotante al que acuden decenas de barcos venezolanos para vender pescado, frutas tropicales y vegetales.Vista la capital, hay que recorrer despacio la isla. El interior ofrece un peculiar paisaje árido plagado de cactus y que no obedece demasiado a cualquier imagen preconcebida del Caribe. Todo lo contrario que sus playas, más de treinta que son el principal reclamo turístico de la isla.

Calas de arena fina y agua cristalina en Curazao
La mayoría de ellas son pequeñas calas de arena fina y aguas transparentes, asombrosamente variadas, rodeadas de acantilados y con una exótica vegetación. Las que son de aguas tranquilas, más aptas para bañarse, están diseminadas por la costa suroeste. Cerca de Willemstad está la infinita playa de Seaquiarium, conocida como Mambo Beach. Es una de las más animadas, especialmente el domingo, e ideal para los deportes acuáticos. No muy lejos de la ciudad está Daaibooi Bay, una tranquila y pequeña playa de coral, aunque más hacia el sur se encuentran las playas más hermosas. Una es la rocosa Playa Jeremi, que con sus encantadoras calas es muy popular entre la población nativa. También Porto Marie, larguísima y muy apropiada para hacer snorkel. También podemos llegar a la playa de Kas Abou, que presume de tener las aguas más cristalinas de toda la isla, y a Playa Kenepa, quizá la más bonita de todas. Y no muy alejadas, pero ya en el noroeste, se ubican las playas de Forti y de Westpunt Bay, dos playas de arena con piedra volcánica frecuentadas especialmente por los amantes del submarinismo. Y es que las posibilidades de realizar deportes acuáticos en muchas de estas playas son infinitas, ya sea pasear en kayak y motos de agua, o hacer snorkel y buceo en sus cotizados arrecifes de coral.
Junto a sus playas de ensueño, la isla es un auténtico crisol de culturas donde se sienten el sabor europeo, la herencia africana, el carácter latino y la influencia judía. La gente aquí utiliza la lengua nativa, el papiamento, que mezcla elementos de diferentes idiomas, pero habla perfectamente español, inglés, y naturalmente holandés después de tres siglos y medio de relación colonial con Holanda.
Con o sin holandeses, Curazao ha sido desde siempre tierra en disputa de colonizadores, codiciada también por españoles, franceses e ingleses. Aquí vivieron primero los nativos arawacos hasta que en 1499 llegaron los conquistadores de la Península Ibérica y los esclavizaron. Como al parecer no había oro y sólo tierras poco fértiles, los esclavos fueron llevados hacia Haití y República Dominicana.
Curazao permaneció bajo dominio español hasta 1634, año en que la Compañía holandesa de las Indias Occidentales envió una flota naviera para su conquista. Holanda, que por entonces sostenía con España la llamada Guerra de 80 años, tomó Curazao y por el Tratado de Westfalia de 1648 se adueñó igualmente de las vecinas islas de Aruba y Bonaire que pasaron a formar parte de las Antillas Holandesas en el Caribe. La isla se convirtió entonces en un centro internacional de comercio de esclavos y mercancías, y gracias a ello prosperó.
Los holandeses no se sintieron nunca seguros y para defenderse construyeron decenas de fortificaciones que todavía se mantienen en pie. Fort Amsterdam fue el más importante de todos los fuertes construidos. Se encuentra en la Bahía de Santa Anna y se conserva casi idéntico a como lucía en 1635. Hoy acoge la residencia del gobernador, la vieja sede del gobierno de las Antillas Holandesas y una iglesia protestante. Muy cerca, el baluarte Waterford conserva también sus cañones originales del siglo XVII.
El resto de las fortificaciones que se conservan tienen menos interés. Buena parte de ellas se reconvirtieron en hoteles y centros comerciales. Además de fortalezas, los colonos holandeses construyeron sus landhuizen, unas amplias casas señoriales donde vivía el amo junto a las plantaciones donde trabajaban los esclavos cosechando maíz y caña de azúcar.

Vista aérea de la isla de Curazao
Cuando se abolió la esclavitud, la economía local se desplomó y las landhuizen se fueron a la ruina. Diseminadas por toda la isla y situadas por lo general en lo alto de una colina, 55 de estas haciendas con sus respectivas plantaciones se han conservado y restaurado como testimonio de aquella época y es posible visitarlas. La mayoría se han reconvertido en galerías de arte, restaurantes, museos o bonitos albergues para pernoctar. Si se desea conocer más de esta etapa de la historia de la isla sustentada en el comercio de esclavos hay que ir al museo africano Kura Hulanda, donde se plasma la trata de negros en el Caribe, el papel de la compañía holandesa de las Indias Occidentales y aspectos de la cultura africana. La isla atrajo además a mercaderes de todo el mundo, particularmente judíos que huían de la Inquisición española y que acabaron encontrando aquí un refugio para establecerse, ejerciendo una notable influencia en la economía y la política. La huella más importante de la colonia judía en Willemstad es la Sinagoga Mikyé Israel Emmanuel. Data de 1732, se encuentra en pleno corazón de Punda y parece ser que fue el primer templo hebreo de todo el hemisferio occidental. Vale la pena visitarla y también el museo histórico cultural judío adyacente a la misma.
Ya sin comercio de esclavos, Holanda propuso vender a finales del XIX las antillas a Venezuela, pero la negociación no prosperó. Sin embargo, la economía isleña se recuperó cuando se abrieron los astilleros y se instalaron refinerías de petróleo. La industria del crudo atrajo una gran inmigración proveniente de todos los países vecinos hasta que la automatización provocó una importante reducción de puestos de trabajo y con ello violentos disturbios laborales y raciales que hicieron replantear de nuevo la posibilidad de otorgar de una vez la independencia a las antillas.
Pasada la crisis, floreció el turismo y Curazao se convirtió en un destino muy común entre los viajeros norteamericanos y las clases adineradas de la vecina Venezuela. Pero este auténtico refugio tropical de nombre exótico es todavía muy desconocido para la mayoría de los españoles y europeos. Los que sí lo conocen saben que es una excelente alternativa a otros lugares caribeños más masificados, y que cuenta con todos los ingredientes para no defraudar.